
Aquella tarde escuchó a lo lejos el crujir del parquet, imaginó sus pasos acercándose, percibió su aroma agridulce, escuchó su respiración cada vez más cerca, sabía que su proximidad le llevaria de nuevo a entregarse sin reservas.
Sus nervios se tensaron, su piel erizada vibraba hasta con el roce de la fresca brisa que se colaba por la entreabierta ventana, sus miembros se relajaron desperezándose lánguidamente, notaba la humedad resbalar por sus muslos, entreabría los labios prestos a recibir su contacto...
Volvió a crujir el parquet, y nada ocurrió.
Su irritación creció al ver una carcoma hambrienta devorar aquel suelo tan caro.
